Siento un profundo temor de que cada persona allá afuera se sienta como yo en este momento: como esa yerba bien artesanal cuyo productor, con mucha paciencia y esfuerzo, pudo sacar al mercado. Fresca, diferente y de muy alta calidad. Pero el hábil productor, cuyo trabajo en su campo es de una excelencia remarcable, carece de los conocimientos del márketing. Y ahí se encuentra esa yerba llena de bondades, sola en una góndola, muy abajo, dónde van las marcas poco conocidas.
La gente suele apostar por las grandes marcas, algunos usan la misma yerba en sus mates con el gusto que les hace recordar a su infancia. Yerbas suaves, fuertes, saborizadas, extravagantes, como sus padres o sus recuerdos. De ahí a que el pobre paquete nuevo sin publicidad se queda solo sin ser probado.
Y un día el productor enferma y se cansa: "¡Es muy bueno mi producto! Es tan noble y digno mi trabajo que no quiero rogarle a nadie para que lo use. ¡Es lo que sé que todos buscan! Sé que quieren algo que no les va a fallar, que les hará pasar grandes momentos. Pero también sé que soy demasiado orgulloso para vender mi producto".
Y ahí quedará, en la parte más oscura y baja de la góndola. Porque no es la elección tradicional, porque no es lo seguro, porque nadie dice cosas buenas de él, porque no se dan una oportunidad de conocerlo.
También siento temor de que cada persona sea este producto, y que vivamos encerrados en círculos. Solo porque nos dijeron que la publicidad es mala y el orgullo es bueno. Y ahí lo ves a cada uno tomando el mismo mate con el mismo gusto, año tras año, hasta que ya no quede nadie quien lo cebe. Hasta que el mate se enfríe y te preguntes qué gusto tenían otras yerbas.
Marcelo J. Acuña Dalmasso
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